Ciudad de México, febrero de 2026 – El Valle de Guadalupe se ha consolidado como epicentro del vino mexicano y como destino de lujo que atrae a viajeros de todo el mundo. Entre colinas doradas y viñedos que se extienden hasta perderse en el horizonte, Baja California ofrece un paisaje donde hospitalidad, arquitectura y gastronomía se integran con la naturaleza. Tres propuestas boutique redefinen el concepto de hospedaje, convirtiendo la estancia en experiencia sensorial y cultural.

Bruma Wine Resort es uno de los referentes más destacados. Su diseño contemporáneo se integra con armonía al entorno, utilizando materiales naturales que dialogan con la vegetación endémica. Sus suites ofrecen privacidad y serenidad, mientras degustaciones privadas y recorridos por la vinícola permiten descubrir la riqueza del terruño. Amaneceres luminosos y noches estrelladas completan una experiencia que confirma que el verdadero lujo se encuentra en la conexión íntima con el entorno.

Casa Olivea con personalidad íntima y reservada. Rodeada de olivos y viñedos, ofrece hospitalidad cercana y diseño contemporáneo que utiliza materiales nobles y texturas que evocan la tierra. Las mañanas comienzan con café artesanal y pan recién horneado, mientras las tardes se deslizan entre vino mexicano y atardeceres memorables en terrazas privadas. Aquí, el lujo auténtico se manifiesta en los detalles y en la calidez de una experiencia personalizada.

Banyan Tree Veya Valle de Guadalupe completa la tríada y apuesta por el bienestar integral. Sus villas con piscina privada y terrazas abiertas al horizonte regalan intimidad absoluta. El spa y los rituales holísticos invitan a un viaje interior sereno. La propuesta gastronómica se enriquece con Amapola, el nuevo restaurante de Benito Molina y Solange Muris, que celebra el producto de temporada y la identidad del territorio. Cada platillo honra al mar y la tierra de Baja California, convirtiendo la mesa en un espacio de contemplación.
El Valle de Guadalupe reafirma que en Baja California la excelencia no es tendencia, sino identidad. El vino inspira conversaciones memorables, la arquitectura respeta el paisaje y la hospitalidad supera expectativas. Al concluir el viaje, algo de su luz y de su calma permanece contigo, como recuerdo elegante que invita a regresar.





