Un siglo antes de que se hablara de prohibir redes sociales o desactivar notificaciones, el inventor y escritor de ciencia ficción Hugo Gernsback propuso una solución extrema para evitar distracciones: un casco de madera aislante. Según él, las influencias externas eran “la mayor dificultad que la mente humana debe enfrentar”. Su dispositivo aislador —mitad traje de buzo, mitad celda monástica— sí lo ayudaba a trabajar, pero con riesgo de asfixia. Más tarde le instaló un suministro de aire.
Las preocupaciones sobre el deterioro del pensamiento sostenido se han intensificado en la era digital. Los teléfonos inteligentes vibran, las pestañas del navegador se multiplican y los episodios de televisión incluyen recordatorios para seguir la trama. Las encuestas sugieren que sentimos menos capacidad de concentración, los maestros reportan estudiantes distraídos y los titulares declaran que nuestros periodos de atención se están reduciendo.
Sin embargo, la investigación en psicología y neurociencia ha construido una imagen más matizada. Los resultados indican que las personas cambian de tarea con más frecuencia que en décadas anteriores, y que este cambio suele ser perjudicial para el rendimiento. Pero hay poca evidencia de que la capacidad fundamental del cerebro para concentrarse se haya deteriorado. Esto sugiere que si eliminamos las distracciones del entorno, es posible recuperar el enfoque.
La brecha entre percepción y realidad
“Creo que hay una gran desconexión entre lo que sentimos que está pasando y lo que realmente está pasando”, dice Monica Rosenberg, psicóloga de la Universidad de Chicago. “Hay un montón de personas que reportan que sienten que no pueden prestar atención”, añade Nilli Lavie, neurocientífica cognitiva del University College de Londres. “Dicen que están constantemente distraídas, que su atención salta de una cosa a otra y que no pueden concentrarse”.
En una encuesta de 2021 a más de 2,000 adultos del Reino Unido, casi la mitad dijo sentir que su capacidad de atención era más corta que antes. Y dos tercios pensaban que la capacidad de atención de los jóvenes había disminuido. Los maestros y las escuelas han respondido con lecciones modulares que dividen los temas en partes digeribles. Algunos estudiantes ahora estudian extractos literarios en lugar de novelas completas.
Capacidad versus comportamiento
Los investigadores distinguen entre la capacidad de prestar atención (la habilidad subyacente para concentrarse en una tarea) y el comportamiento en el mundo real (en qué se enfoca realmente la gente momento a momento). La capacidad es el resultado de varios procesos cerebrales: atención sostenida (mantenerse en una tarea), atención selectiva (priorizar información) y control ejecutivo (dirigir la atención hacia un objetivo).
En condiciones controladas de laboratorio, no se ha encontrado evidencia de que la capacidad subyacente de atención haya cambiado. Un metaanálisis de 2024 de pruebas d2 realizadas por más de 21,000 personas de 32 países entre 1990 y 2021 no mostró diferencias en niños y, de hecho, una ligera mejora en adultos.
Cambios en los hábitos, no en el cerebro
“No es tanto que la biología humana haya cambiado, sino que los hábitos han cambiado. Y la pregunta es qué tan reversibles son esos hábitos”, dice Nelson Cowan, psicólogo de la Universidad de Missouri.
La evidencia más sólida de cambio no proviene de tareas de laboratorio, sino de mediciones del comportamiento real. Gloria Mark, psicóloga de la Universidad de California en Irvine, ha monitoreado cómo los trabajadores de oficina usan computadoras durante dos décadas. Sus estudios muestran que la duración promedio de atención a una sola tarea ha disminuido constantemente: de unos dos minutos y medio a mediados de la década de 2000, a unos 75 segundos en la década de 2010, y a unos 47 segundos a principios de la de 2020.
La investigación de Mark muestra que el cambio frecuente de atención tiene un costo cognitivo. “Cuando las personas cambian, y especialmente cuando lo hacen con bastante rapidez, tienden a cometer más errores”, dice. “Les lleva más tiempo completar cualquier tarea y el estrés aumenta”.
El papel de las recompensas digitales
El entorno moderno no solo impone distracciones, sino que bombardea con alternativas que ofrecen recompensas más inmediatas. Las notificaciones, los mensajes y los feeds de redes sociales proporcionan al cerebro ráfagas de validación social, novedad e información. Mark argumenta que estos entornos digitales gratificantes podrían estar alterando nuestros hábitos atencionales, incluyendo nuestra tendencia a distraernos incluso en ausencia de distracciones obvias.
“Las personas tienen casi la misma probabilidad de autointerrumpirse que de ser interrumpidas”, dice Mark. Y cuando las interrupciones externas disminuyen, las internas suelen aumentar, lo que sugiere que la distracción y el cambio pueden volverse habituales, fragmentando aún más la atención.
Implicaciones a largo plazo
Nilli Lavie se preocupa de que este cambio constante pueda debilitar el control ejecutivo. Su trabajo muestra que la capacidad de controlar la atención está vinculada a diferencias estructurales en el cerebro, específicamente al volumen de materia gris en regiones de la corteza frontal. “Existe la posibilidad de que si lo ejercitas, tengas un buen volumen de materia gris, o si no, se reduzca”, dice.
En resumen, aunque sentimos que nuestra capacidad de atención se reduce, la ciencia indica que no ha cambiado fundamentalmente. Lo que ha cambiado son nuestros hábitos y el entorno lleno de distracciones. La buena noticia es que, al eliminar las distracciones, podemos recuperar el enfoque.




