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Cómo el streaming cambió para siempre la forma de consumir series y redefinió nuestra cultura audiovisual

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que ver una serie de televisión era un acto de sincronización colectiva. Los miércoles a las 9 de la noche, millones de personas en México y Latinoamérica se sentaban frente a sus televisores para seguir las peripecias de sus personajes favoritos, sabiendo que si se perdían el capítulo, tendrían que esperar una semana entera o confiar en que alguien lo grabara en VHS. Ese ritual, tan arraigado en la cultura popular de los 90 y principios de los 2000, parece hoy una reliquia de otra era. La llegada del streaming no solo alteró nuestros hábitos de consumo; desmanteló por completo la arquitectura temporal, social y económica de la industria del entretenimiento, creando un nuevo ecosistema donde el espectador tiene más poder que nunca, pero también enfrenta desafíos inéditos.

La transición comenzó de manera casi imperceptible. En 2007, Netflix, que entonces era principalmente un servicio de renta de DVDs por correo en Estados Unidos, introdujo su plataforma de streaming. Pocos podían imaginar que este movimiento marcaría el inicio de una revolución que llegaría a México unos años después, transformando no solo cómo vemos series, sino cómo se producen, financian y distribuyen. Antes del streaming, la televisión abierta y de paga operaban bajo un modelo basado en ratings, publicidad y horarios fijos. Las cadenas tomaban decisiones basadas en muestras demográficas, y si una serie no capturaba suficiente audiencia en sus primeros capítulos, era cancelada sin miramientos. Este sistema dejaba poco espacio para la experimentación y favorecía formatos probados que atraían a las masas.

Con plataformas como Netflix, Amazon Prime Video, Disney+, HBO Max y Claro video en Latinoamérica, el paradigma cambió radicalmente. El modelo de suscripción eliminó la dependencia inmediata de la publicidad, permitiendo a las plataformas invertir en contenido diverso sin la presión de generar rating desde el primer minuto. Esto abrió la puerta a series que antes habrían sido consideradas demasiado nicho o arriesgadas. ‘La Casa de Papel’, originalmente producida en España, encontró una audiencia global masiva a través de Netflix, algo impensable bajo el antiguo modelo de syndication internacional. De repente, una serie coreana como ‘El Juego del Calamar’ podía convertirse en un fenómeno mundial, demostrando que las barreras lingüísticas y culturales se desvanecen cuando el contenido está disponible al instante, con subtítulos o doblaje de calidad.

Uno de los cambios más profundos ha sido la muerte del horario estelar. El ‘binge-watching’ o maratón de series se convirtió en la norma. Liberados de la tiranía de la programación semanal, los espectadores pueden consumir temporadas completas en un fin de semana, una práctica que ha alterado nuestra relación con el tiempo narrativo. Donde antes había una pausa de siete días para digerir un giro argumental o especular sobre lo que vendría, ahora hay un clic que lleva al siguiente capítulo automáticamente. Esto ha forzado a los creadores a repensar las estructuras narrativas. Algunas series, como las de Marvel en Disney+, han experimentado con lanzamientos semanales para generar conversación prolongada, pero la tendencia dominante sigue siendo el lanzamiento completo, que prioriza la inmersión total sobre la anticipación comunitaria.

La democratización del acceso es otro pilar de esta transformación. En México, donde la penetración de internet de banda ancha y smartphones ha crecido exponencialmente, el streaming hizo accesible un catálogo vasto a una fracción del costo de una suscripción de televisión de paga tradicional. Por menos de 200 pesos mensuales, un usuario puede acceder a decenas de miles de horas de contenido, desde producciones locales como ‘Monarca’ o ‘¿Quién mató a Sara?’ hasta blockbusters internacionales. Esta accesibilidad ha nivelado el campo de juego, permitiendo que audiencias en ciudades pequeñas o zonas rurales con buena conectividad consuman el mismo contenido que alguien en la Ciudad de México o Monterrey.

Sin embargo, esta nueva era no está exenta de paradojas. La abundancia extrema ha dado lugar a la ‘sobrecarga de elección’. Frente a un catálogo aparentemente infinito, muchos usuarios pasan más tiempo navegando que viendo contenido, un fenómeno que las plataformas intentan combatir con algoritmos de recomendación cada vez más sofisticados. Estos algoritmos, basados en machine learning, analizan nuestros hábitos de visualización para sugerir series que podrían interesarnos, creando burbujas de contenido personalizadas. Mientras esto mejora la experiencia individual, también puede limitar la exposición a géneros o perspectivas fuera de nuestros patrones habituales, homogenizando de manera sutil nuestros gustos.

La producción misma de series ha sufrido una metamorfosis. El streaming ha impulsado una ‘edad de oro’ de la televisión, con presupuestos que rivalizan con los del cine. Series como ‘The Crown’ o ‘The Mandalorian’ tienen costos por episodio que superan los 10 millones de dólares, financiados por la necesidad de las plataformas de atraer y retener suscriptores con contenido de alta gama. Esto ha creado oportunidades sin precedentes para creadores en Latinoamérica. Plataformas como Netflix y Amazon han invertido fuertemente en producciones locales, desde las narcoseries mexicanas hasta dramas brasileños y comedias argentinas, dándoles distribución global. El resultado es un flujo cultural bidireccional: mientras consumimos series coreanas o escandinavas, nuestras propias historias llegan a rincones del mundo que antes eran inalcanzables.

Pero esta bonanza tiene un lado oscuro: la saturación. Con tantas plataformas compitiendo por atención, el mercado se ha fragmentado. El concepto de ‘cord-cutting’ (cancelar la TV de paga) que prometía ahorro, ha dado paso al ‘cord-stacking’ (acumular suscripciones). Muchos hogares en México ahora pagan por tres o cuatro servicios simultáneamente, lo que puede sumar más de 600 pesos mensuales, acercándose al costo de un paquete tradicional. Además, la guerra por el contenido exclusivo ha llevado a una dispersión de licencias. Series que antes estaban concentradas en una o dos plataformas ahora están distribuidas en múltiples servicios, forzando a los consumidores a suscribirse a varios para seguir a sus franquicias favoritas.

El impacto social es igualmente profundo. El ‘watercooler talk’, esas conversaciones en la oficina o escuela sobre el capítulo de anoche, se ha transformado. En la era del binge-watching, las discusiones ocurren en línea, en redes sociales y foros, pero con el riesgo de spoilers para quienes no han terminado la temporada. Plataformas como Twitter y TikTok se han convertido en espacios de análisis y memes en tiempo real, amplificando el alcance de una serie más allá de su audiencia directa. Sin embargo, la experiencia compartida sincrónica ha disminuido, reemplazada por comunidades digitales asincrónicas donde cada uno avanza a su propio ritmo.

Mirando hacia el futuro, tendencias emergentes como la inteligencia artificial y la realidad virtual prometen llevar esta evolución aún más lejos. Ya vemos cómo YouTube se está llenando de música generada por IA, y es cuestión de tiempo antes de que algoritmos similares comiencen a co-crear guiones o personalizar tramas. Imagine una serie que se adapte en tiempo real a sus reacciones emocionales, detectadas a través de la cámara de su celular o computadora. O experiencias inmersivas donde no solo vea ‘Stranger Things’, sino que camine por Hawkins en realidad virtual. Estas innovaciones podrían hacer que el streaming actual parezca tan primitivo como los VHS nos parecen hoy.

El streaming no fue solo un cambio tecnológico; fue un cambio cultural que redefinió nuestra relación con las historias. Nos dio libertad, variedad y control sin precedentes, pero también nos enfrentó a la paradoja de la elección infinita y la fragmentación social. En México y Latinoamérica, donde la penetración de smartphones y banda ancha sigue creciendo, su impacto solo se profundizará. Las series ya no son algo que vemos; son mundos en los que vivimos, comunidades a las que pertenecemos y conversaciones que sostenemos. Y mientras las plataformas compiten por nuestro tiempo y atención, una cosa es segura: nunca volveremos a esperar una semana entera para saber qué pasa en el próximo capítulo. El futuro del entretenimiento es bajo demanda, y ya llegó para quedarse.

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